Doña Alfonsa, campesina agroecológica de los Valles Centrales de Oaxaca, que cultiva desde hace más de cinco años maíces y calabazas de manera organica que destacan por su gran tamaño y calidad.

En Oaxaca de Juárez, el maíz sigue siendo uno de los pilares fundamentales en la vida de las familias. Más que un alimento, representa memoria, identidad y cultura. Es uno de los granos más presentes en la mesa de las familias oaxaqueñas, ya sea en forma de tortilla, bebida o postre, reafirmando su importancia en la alimentación de las comunidades.

Sin embargo, la agricultura atraviesa un momento complejo. Practicarla a pequeña escala implica grandes retos, especialmente ante el impacto del cambio climático, que ha provocado sequías más intensas, pérdida de cosechas y menor producción. Esta situación ha llevado a muchas personas a abandonar el campo, debilitando la soberanía alimentaria de las comunidades.

En Cuilápam de Guerrero, en los Valles Centrales de Oaxaca, algunas familias campesinas han decidido no rendirse. Por el contrario, han optado por transitar hacia prácticas agroecológicas que permiten recuperar la fertilidad del suelo y fortalecer sus cultivos. Tal es el caso de Doña Alfonsa, una mujer que ha dedicado su vida al campo y al cuidado de la tierra. Actualmente forma parte de la Red de Campesinos Agroecológicos impulsados por el  Centro Demostrativo y Capacitación Agroecológica (CDCA) quien agrupa a diferentes campesinos en los Valles Centrales para fomentar la agricultura orgánica, la soberanía alimentaria y la elaboración de bioinsumos. Esta iniciativa busca la regeneración de suelos, enfrentando el cambio climático sin agroquímicos.

La historia detrás de un alimento

Desde hace más de cinco años, Doña Alfonsa se ha capacitado para comprender y respetar los ciclos naturales, logrando producir alimentos orgánicos. Parte fundamental de su trabajo es la elaboración de composta, un abono natural rico en nutrientes que prepara con hojas de árboles, residuos de cosecha y estiércol de ganado. A través de este proceso, ha llegado a producir hasta una tonelada de abono, que posteriormente aplica en sus parcelas.

Además, elabora sus propios bioinsumos, los cuales utilizan durante las distintas etapas del cultivo, fortaleciendo así la salud del suelo y de sus cultivos.

Pero su trabajo no termina en la cosecha, a diferencia de otros productores, Doña Alfonsa transforma su maíz en uno de los alimentos más tradicionales de Oaxaca: el atole. Cada mañana, sale a vender esta bebida en su comunidad, ofreciendo un producto que no solo alimenta, sino que también conecta con las raíces culturales y aporta una alternativa saludable.

Gracias al trabajo constante de cuidar el suelo, ha logrado cosechar mazorcas y calabazas de gran tamaño, destacando dentro de su comunidad y demostrando que es posible producir de manera organica libre de quimicos.

Historias como la de Doña Alfonsa evidencian que, frente a los desafíos actuales como el cambio climático, existen alternativas que nacen desde las propias comunidades. Practicar la agroecología no solo es cuida la tierra, es también fortalece la autonomía, la salud y la vida.

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